Mi nombre es Ricardina Quispe Melo y mi vida está escrita entre los cafetales de Santa Rosa Tunquimayo, en el distrito de Quellouno, Cusco. Soy productora de café por herencia, vocación y orgullo. Mi finca se llama Toyocchayoc, un rincón de tierra bendecida donde, junto a mi familia y mi comunidad, he dedicado los últimos 50 años a perfeccionar el arte de cultivar café. Para nosotros, cada planta es parte de nuestra historia familiar; es un legado de medio siglo que se renueva en cada cosecha.
Nuestro café es un regalo de la montaña. Lo cultivamos a 2,000 metros de altura, una altitud privilegiada que le otorga notas y sabores únicos. Trabajamos principalmente la variedad Typica, una de las más tradicionales y apreciadas por su elegancia en taza. El proceso que realizamos es minucioso y artesanal, cuidando cada grano desde que florece hasta que llega al secado, asegurando que la esencia de nuestra tierra se mantenga intacta.
Para mí, el café lo es todo: es la raíz que nos une a la tierra y la fuente de ingresos que permite el sustento y el progreso de mi familia. Sin embargo, el camino del agricultor no está libre de piedras. Uno de los mayores desafíos que enfrentamos es la falta de conocimiento técnico para la comercialización, una barrera que a veces impide que el mundo valore justamente el esfuerzo que hay detrás de cada saco.
A quien tiene la dicha de beber una taza de mi café, solo le pido una cosa: disfrútelo con mucho amor. Recuerde que ese aroma y ese sabor no son producto del azar; son el fruto del sacrificio, el sudor y la esperanza de cada agricultor que, como yo, entrega su vida al campo para ofrecerle lo mejor de nuestra región.







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